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Para reflexionar

La búsqueda de Dios en la Norteamérica pos moderna

Más allá de Maimónides

Las dislocaciones de la vida contemporánea han traído consigo un cambio en las formas en que muchos de nosotros pensamos acerca de Dios. Alfredo Borodowski muestra como nuevos patrones de espiritualidad son ecos modernos de las tradiciones místicas judías.

A nuestra generación se le ha otorgado un raro privilegio: el de dar vuelta la página de un nuevo milenio en el calendario de la humanidad. Este cruce de una línea divisoria tan dramática no es trivial.

Los momentos profundos de transición pueden generar grandes incertidumbres y ansiedades acerca del futuro. Una disrupción cognitiva tal puede proporcionar tierra fértil para el florecimiento de creencias místicas e irracionales. Las crónicas medievales documentan patrones de pánico colectivo por miedo a plagas inminentes y otros cataclismos precisamente en la unión de los siglos.

Por Alfredo Borodowski

A medida que nuestro propio milenio se aproximaba, temores primitivos reaparecieron. Hollywood produjo una ola de desastres astronómicos, desde un cometa asesino Doomsday Rock (1997) hasta un asteroide en Armageddon (1998). Aunque la mayoría no creímos realmente que un meteorito gigante iba a obliterar al planeta, muchos sí sucumbieron a la histeria colectiva en lo tocante al colapso de la modernidad debido al derrumbe de su logro central: la tecnología. La gente temía que el “Y2K” o “virus del milenio” dejaría inválida a la humanidad incapacitando las computadoras de todo el globo en el minuto que llegara el 2000. No fue hasta que nos despertamos el día de Año Nuevo y pudimos entrar a Internet como siempre que nos sobrepusimos a esta ansiedad en particular. Desde el Siglo XVII, los pensadores occidentales soñaron con entrar a una época de felicidad perpetua. Francis Bacon, en El avance del conocimiento (1605), proclamó una nueva y gloriosa era en la que la ciencia le pondría fin al sufrimiento y al dolor humanos. Después de la Shoá y de Hiroshima, la tecnología pareció menos confiable y el progreso menos auto-evidente. El calentamiento global, las epidemias y el 11 de setiembre han socavado aún más nuestra confianza colectiva en la racionalidad. En un clima de tanto desasosiego, los místicos y los gurús abundan, las estrellas de rock usan brazaletes de Kabalá ropb3ur, y el brujo adolescente Harry cautiva a chicos y grandes por igual.
 
Moradores y Buscadores

La fascinación por lo supernatural ha acompañado a una búsqueda más amplia de significados y de Dios. A medida que esta búsqueda se intensificaba a fines del Siglo XX, un fenómeno llamativo se hizo aparente: el Dios que estaba emergiendo de las ruinas de la modernidad era marcadamente diferente del Dios que conocíamos antes. En su estudio, After Heaven, que invita a la reflexión, el sociólogo de religión Robert Wuthnow argumentó que los períodos históricos estables generan lo que él llama “espiritualidades moradoras.” Reflejando la cultura prevaleciente, estas espiritualidades se expresan por medio de sistemas filosóficos y teológicos comprensivos. Por el contrario, los períodos inestables desarrollan “espiritualidades buscadoras,” que están caracterizadas por amalgamas imprecisas de experiencias religiosas y soluciones pragmáticas en vez de sistemas rígidos y coherentes. Cada uno de estos modos espirituales inspira sus propias imágenes. Usando modelos bíblicos, Wuthnow explica que “las espiritualidades moradoras” están representadas por entidades espaciales fijas tales como el Jardín del Edén, la Tierra Prometida, el Templo y las figuras de reyes y sacerdotes. Por el contrario “las espiritualidades buscadoras” se expresan en el tabernáculo portátil, en las peregrinaciones, y en los profetas y los místicos.

Las espiritualidades de búsqueda son un componente natural de la cultura de nuestro milenio. Somos una generación de gente que viaja de ida y vuelta de su casa al trabajo, residiendo en efecto entre ubicaciones. Los celulares portátiles, las laptops, y los artefactos manuales se han convertido en emblemas de control, vitalidad y logros. Hace unas pocas décadas, mudarse de casa estaba clasificado junto con perder a un ser querido y divorciarse como experiencia muy traumática. Hoy en día las familias se mudan muchas veces debido a oportunidades y en busca de realizarse más plenamente. En esta geografía fluida, lo sagrado ha perdido una dirección fija. Durante la Iluminación, el estado ideal de ser era equivalente a una vida contemplativa. En la posmodernidad, lo es el estar en movimiento. Ser es experimentar una evolución constante. La inmutabilidad conlleva el estancamiento. El Dios que reside en una catedral hecha de sólida teología estará desconectado del mundo y considerado irrelevante. Con el final de la modernidad el Dios inmutable de los filósofos fue reemplazado por el Dios del viaje, que se revela en la experiencia evolutiva de la vida. Para muchos buscadores espirituales hoy en día, sin importar a que religión o etnia pertenezcan, la búsqueda ha conducido naturalmente a la
Kabalá.

Las espiritualidades moradoras y buscadoras son paralelas a los sistemas teológicos que han competido por el dominio dentro del judaísmo desde la Edad Media, el filosófico y el kabalista. Maimónides (1135)-1204), el más encumbrado expositor de la escuela filosófica, escribe de la inmutabilidad de Dios en su Guía a los perplepb3ur (I:11):

Estar sentado (Ieshivá). El primer significado que se le dio a este término en nuestro idioma fue el de estar sentado. Por eso: Eli, sacerdote del Señor estaba sentado sobre una silla (I Samuel 1:9) . Pero en vista del hecho que un individuo sentado está en un estado de la más perfecta estabilidad y equilibrio, este término es usado figurativamente para denotar todos los estados equilibrados, estables y sin cambio… En este último sentido se dice de Dios, que pueda ser exaltado, ¡Mas Tú oh Señor para siempre permanecerás; en Tu trono de siglo en siglo! (Lamentaciones 5:19) ¡Alzo mis opb3ur a Ti, que estás sentado en los cielos! (Salmos 123:1); Él que está sentado en los cielos (Salmos 2:4). Es decir Él Estable, que no pasa por ningún cambio en Su esencia – puesto que no tiene ningún modo además de Su esencia respecto al cual podría Dios cambiar – ni un cambio en Su relación con lo que es otro que Él mismo – puesto que como será explicado más adelante, no existe una relación respecto a la cual Dios podría cambiar. Y es en esto que Su ser, incambiable en todo respecto, logra la perfección, como lo aclara, diciendo: Porque Yo el Señor no cambio (Malaquías 3:6) Maimónides le recuerda al lector que la forma verbal “estar sentado” posee varios significados. En su uso principal, estar sentado denota una posición del cuerpo humano. Sin embargo, también connota una falta de movimiento. Es está segunda definición que se aplica a Dios, para quien estar sentado quiere decir estar inmóvil.

ACA

Maimónides reconoce y teme la tentación de nuestra imaginación de imaginarnos a Dios sentado en trono celestial, como un poderoso monarca aquí en la tierra. Nos advierte que todas las referencias de las escrituras a un Dios sentado deben ser entendidas como una indicación figurativa que Dios permanece inmóvil y por lo tanto perfecto. Nosotros los modernos creemos que el movimiento es un indicador de libertad, desarrollo y crecimiento, pero el movimiento supone deficiencia. Abrimos el refrigerador debido a nuestra necesidad de alimento, nuestros pulmones se expanden porque sin aire pereceríamos. Para Maimónides, la perfección aumenta en proporción a la disminución del movimiento. Imitando a lo Divino, el ser humano ideal es un filósofo sedentario. Adam y Eva, explica Maimónides (Guía I:2), estaban totalmente absortos en la vida contemplativa.. El Paraíso, en este paradigma, es el estado en el cual todas las necesidades corporales están previstas para facilitar una vida totalmente intelectual. No es sorprendente que el castigo original haya conllevado la expulsión del paraíso y la reducción a un estado inferior: el movimiento. La cosmovisión kabalista es famosamente simbolizada en el diagrama de las Diez Sefirot, o diez esencias de lo Divino. Como maestro, muchas veces les he preguntado a mis estudiantes adultos, recién llegados al misticismo judío, que compartieran ideas que surgían en sus mentes mientras miraban el diagrama. Sus respuestas casi siempre reflejaban conceptos dinámicos, energía conexión, movimiento y equilibrio. Además, cuando se concentraban en los personajes bíblicos y la anatomía humana, que están vinculadas en la Kabalá a las esferas divinas – Jesed (bondad amorosa), por ejemplo, está asociado con el brazo derecho y Abraham – muchos estudiantes hablan de una directa y cercana interconexión entre Dios y el mundo. Otra observación común es que las diferentes esferas parecían ligadas entre sí por medio de lo que se asemejaba a “carreteras” o “puentes.” A los lectores versados en el sistema kabalista puede llamarles la atención la exactitud de estas afirmaciones intuitivas. En el sistema teosófico de las Sefirot, las diez esferas representan diferentes aspectos energéticos de lo Divino, constantemente fluyendo en busca de equilibrio. El diagrama es análogo a una instantánea, un momento congelado en una divina vida de movimiento. Las esferas están conectadas entre sí por tzinorot o caños cósmicos. La tarea del kabalista es contemplar el flujo de la energía, reflexionar sobre la unidad del sistema e influenciar la emanación por medio de la realización de mitzvot.

Si el ideal Maimonideano es una vida de quieta contemplación, los rabinos del Zohar, el tratado místico del Siglo XIII, emprenden un proceso dinámico en imitación a Dios. Rabi Shimon var Iojai y sus discípulos, los principales personajes del Zohar, caminan largas distancias juntos, no estudian nunca en una ubicación fija como un beit midrash o una sinagoga. En cambio, mientras caminan, hablan de Torá en jardines, bajo árboles o al lado de manantiales. Maimónides enseña una espiritualidad moradora. La Kabalá una espiritualidad de la búsqueda, a tono con los ritmos de la posmodernidad.

La evolución de la evolución
 
Entre las más influyentes novelas de espiritualidad posmodernas se encuentra The Celestine Prophecy (1993) por James Redfiel (Las nueve revelaciones). El argumento se centra en un antiguo manuscrito maya (inverosímilmente) escrito en arameo que contiene diez percepciones intuitivas. La Iglesia oficial representada por el Cardenal Sebastián, un peruano, se opone a la publicación del manuscrito, mientras que el Padre Sánchez, una figura arquetípica de la teología de liberación, aboga por su publicación. El clímax llega con una confrontación de estos dos caracteres, simbólica del choque entre la religión tradicional y la espiritualidad posmoderna. Evidentemente, el argumento gira en torno de un concepto: “la evolución.”
El Padre Sánchez afirma “¡El Manuscrito describe la inspiración que viene cuando realmente amamos a nuestro prójimo y evolucionamos nuestras vidas hacia adelante! El Cardenal Sebastián contesta: “¡Evolucionar! ¡Evolucionar!. Escúchese a sí mismo Padre, siempre ha luchado contra la influencia de la evolución. ¿Qué le ha pasado? Sí, admite el Padre Sánchez. “Luché contra la idea de la evolución…Pero ahora veo que la verdad es una síntesis de las cosmovisiones religiosas y científicas. La verdad es que la evolución es la forma en que Dios creó y que todavía está creando.”

“Pero es que no hay ninguna evolución,” protesta Sebastián. “Dios creó este mundo y eso es todo.” El Padre Sánchez subraya su punto: El Manuscrito describe el progreso de sucesivas generaciones como una evolución del entendimiento, una evolución hacia una espiritualidad más elevada.” Las nueve revelaciones – del cual se han vendido más de 20 millones de copias, en más de 30 idiomas –se reduce a un principio fundamental de la espiritualidad posmoderna: la transferencia de la vieja disputa sobre la evolución biológica al terreno del alma y la conciencia humanas. M. Scott Peck, cuyo manual de autoayuda espiritual, The Road Less Traveled (1978) (El camino menos transitado), se ha convertido en canónico dentro de su campo, dedica un capítulo titulado “El milagro de la evolución” a la correspondencia entre la evolución biológica y la espiritual. De forma similar, en How to Know God (2000) (Conocer a Dios: El viaje hacia el misterio de los misterios) el prolífico médico y gurú, nacido en India, escribe que “la evolución no puede ser detenida, el crecimiento espiritual está asegurado. Quizás la articulación más audaz de este principio pueda ser encontrada en otro clásico del movimiento espiritual, Waking up in Time (1992) de Peter Russell. Russell sostiene que el cambio de siglo ha provocado un salto evolutivo espiritual o “nueva conciencia,” que “no es de naturaleza religiosa sino espiritual.”

Los escritores espirituales populares tienden a identificar claras etapas en la evolución del alma, colocando al misticismo en el pináculo del proceso. Aquí encontramos una llamativa convergencia entre la espiritualidad posmoderna y el misticismo judío. Consideremos este pasaje del Rabino Itzjak Kook, el gran místico y sionista religioso, que fue gran rabino de Palestina durante el Mandato Británico:

La teoría de la evolución concuerda mejor que ninguna otra teoría con los secretos de la Kabalá. La evolución sigue un camino ascendente y por lo tanto provee al mundo con una base para el optimismo. ¿Cómo podemos desesperarnos viendo que todo evoluciona y asciende? Cuando penetramos a la naturaleza interna de la evolución, encontramos a la divinidad iluminada con perfecta claridad. (Orot Hakodesh 2:537).

En nuestra nueva era de ansiedad, el ritual y las estructuras institucionales de las religiones tradicionales son consideradas por muchos como obstáculos para la evolución del alma. La resultante intersección de Kabalá y la espiritualidad popular no debería ser una sorpresa para los estudiantes del pensamiento religioso judío. En las primeras páginas de su libro seminal Las grandes tendencias de la mística judía (1941) Gershom Scholem, escribe: “El misticismo es una etapa definida en el desarrollo histórico de la religión y hace su aparición en condiciones bien definidas… Está conectado con, y es inseparable de una cierta etapa de la conciencia religiosa.” La primera etapa del modelo histórico de Scholem es una “época mítica” en la cual los dioses cohabitan con los humanos. La naturaleza es la ubicación de la relación humana con Dios. La segunda etapa consiste en un proceso de separación entre los humanos y Dios, creando un abismo insalvable entre ellos. Esto engendra las religiones clásicas que intentan cruzar la separación divina-humana por medio de la revelación y la plegaria. El Dios de Maimónides pertenece a esta etapa. La tercera etapa consiste del surgimiento del misticismo en busca del camino escondido que superaría la dolorosa separación generada por la religión institucional. Scholem deja en claro que la etapa mística refleja más una cosmovisión mítica que una religiosa:

[El misticismo] se esfuerza por juntar los fragmentos rotos por el cataclismo religioso, para traer de vuelta la vieja unidad que la religión ha destruido…Hasta cierto punto por lo tanto el misticismo significa un resurgimiento del pensamiento mítico, aunque no debe ser pasada por alto la diferencia entre la unidad que está ahí antes de la dualidad y la unidad a recobrar en un nuevo resurgimiento de la conciencia religiosa.

La moda contemporánea de espiritualidad puede ser vista como la realización de la teoría evolutiva de Scholem. No podemos evitar que nos llame la atención el hecho que los gráficos que encontramos en la literatura espiritual popular posmoderna se parezcan al análisis académico de Scholem. Los encantadores dominios de hechiceros y ángeles y hasta la renovada popularidad de superhéroes como Batman y Spiderman, indican una recaída en lo mítico, un proceso al cual los académicos a veces se refieren como “reprimitivización” ¿Pero qué significa este proceso para nuestro entendimiento de Dios?

En alabanza de la imperfección

De acuerdo con la estructura espiritual evolutiva, la inmutabilidad de Dios puede engendrar la alienación y la desesperanza. El tender un puente sobre el abismo necesita un viaje conectivo entre lo Divino y lo humano. Para lograr ese fin algunos escritores recientes han abrazado la idea de “teología del proceso,” una escuela de pensamiento originada por el filósofo británico Alfred North Whitehead (1861-1947). La teología del proceso enseña que Dios no es un ser estático, incambiable, sino que está creciendo y evolucionando, sólo un paso o dos antes que la humanidad. El cambio no es meramente un instrumento al servicio de la evolución, sino que es el atributo divino por excelencia. En las palabras de M. Scott Peck, en su secuela, The Road Less Traveled and Beyond (1997). “Es una idea muy común pero destructiva el que la perfección es un estado incambiable.”

Tanto la teología del proceso como el misticismo judío reconocen que las acciones humanas tienen un significado cósmico. En el campo de la Kabalá, los mandamientos de la ley judía (mitzvot) no son sólo una forma de disciplina, portadores de sabiduría, o la expresión de una comunidad sagrada; también redimen lo Divino reordenando y equilibrando las fuerzas cósmicas.

Dios y los humanos son co-creadores del futuro, viajan juntos hacia la próxima fase histórica redentora, el rechazo a la comprensión clásica de un Dios omnipotente es inherente a la creencia en la evolución divina evolución divina. El Rabino Harold Kushner capturó esta idea en su best seller Cuando les pasan cosas malas a la gente buena [1981], que se convirtió en el buque insignia de la literatura espiritual no sólo entre judíos sino también entre no judíos. La premisa de Kushner es que el mal natural como las enfermedades y los terremotos no ocurren por decreto divino sino que son ocurrencias aleatorias. El dolor y el sufrimiento son intrínsecos a la vida y ni siquiera, Dios es capaz de prevenirlos. Años después de la publicación de Cuando les pasan cosas malas a la gente buena, Kushner reconoció la conexión entre su percepción de Dios y la teología del proceso. En un ensayo publicado en 1996, titulado “Would an All-Powerful God be Worthy of Worship,” (Merecería un Dios omnipotente ser adorado), escribió: “He llegado a creer en un Dios limitado, un Dios que podría hacer grandes cosas pero no podría hacer todas las cosas, no porque haya encontrado este concepto de Dios exigido por las Escrituras, o teológicamente requerido, sino porque lo encontré moralmente necesario.”

En otras palabras, Kushner identificó un fundamento moral para la teología del proceso. Es precisamente en la fisura en el poder divino que el Dios imperfecto pero amoroso de la teología del proceso emergió. Si Dios está en proceso, el mal es el resultado inevitable de una divinidad en evolución que aún no ha alcanzado su potencial completo. El Dios que está emergiendo en la era posmoderna no puede ser definido por el atributo de absoluta omnipotencia y perfección. En cambio la empatía y el amor distinguen a esta deidad. Lleno de historias conmovedoras, incluida la trágica muerte de su propio hijo de 14 años, el libro de Kushner, satisfizo una profunda necesidad para los lectores consternados por las aparentes fallas de un Dios imperfecto.

Reubicando lo Divino, contando la historia

La incambiante deidad, según Aristóteles, podía sólo residir por encima de la fluctuante tierra, en el dominio de las inmutables leyes celestiales. Siguiendo a Aristóteles, Maimónides en su Guía de los Perplepb3ur, citó tres versículos bíblicos (como señaláramos antes) que describen a un Dios “sentado,” que reside en el cielo. Yendo más allá de Maimónides, Wuthnow explica que las “espiritualidades moradoras” prefieren imaginar a Dios en los cielos más que en cualquier otra ubicación. Hoy en día, con la ascendencia de las “espiritualidades buscadoras,” el concepto de una inmanencia divina adquiere nueva actualidad. Dios y los humanos, ambos evolucionando, comparten la arena histórica.

A pesar de que las diez esferas teosóficas de la Kabalá se extienden infinitamente hacia arriba, están plantadas en la tierra. El mundo es considerado como la emanación más baja de lo Divino. Las religiones clásicas (que pertenecen a la Etapa Dos de Scholem) visualizan la búsqueda de lo Divino por medio de metáforas verticales. Dios habita los cielos y las montañas, y el profeta u hombre sabio debe trepar hacia lo Divino, tendiendo un puente entre lo sagrado y lo profano. Aunque la práctica mística puede incluir también viajes de ascenso, agrega otra dimensión: el quitar capa por capa de lo externo en búsqueda de lo Divino dentro de nosotros mismos. El yo interior es un reflejo del Yo Divino. La atribución de miembros humanos a algunas de las diez esferas facilita y valida la profunda correspondencia entre lo humano y lo Divino.

Es precisamente por medio de este concepto de inmanencia que el misticismo y la espiritualidad moderna unen sus fuerzas. Como lo articula Peter Russell en Waking up in Time, la raza humana se está “despertando a la sabiduría que hay dentro de nosotros. Éste es nuestro próximo paso en la evolución – no un paso exterior sino un paso interior.” Esto, dice, “es la gran próxima frontera, no el espacio exterior sino el espacio interior.” La misma idea está expresada hermosamente en el Zohar. El primer mandamiento a Abraham en Génesis 12:1, “Lej lejá,” es interpretado por Rabi Elazar no solamente como una reubicación, sino literalmente “vete a ti mismo,” una inmersión en la profundidad del yo (I Zohar 79b)

El inmutable Dios de Maimónides no tiene ninguna historia para compartir. ¿Qué podría experimentar un ser inmutable? La espiritualidad posmoderna abraza una perspectiva distinta de Dios, que incluye enfoques biográficos para comprender a lo Divino. En The Personhood of God (2005), el académico norteamericano-israelí, Iojanan Muffs argumenta que el Dios bíblico “no es un principio abstracto sino una verdadera personalidad involucrada en la situación humana.” Muff también explica además que “no hay duda alguna que Dios aparece en la Biblia como una persona que posee una amplia gama de emociones, preocupación, alegría, tristeza, pena y desazón, entre muchas otras.” Como observara el Rabino William Kaufman en The Evolving God in Jewish Process Theology (1997), el Dios de la Biblia y la teología del proceso de Whitehead “parecen encajar perfectamente”.

La literatura espiritual Popular típicamente toma la forma de novelas, biografías y narraciones en primera persona de búsquedas transformativas. La Biblia hebrea es una narración sagrada, que se centra en las vidas de familias, el arquetípico viaje de Egipto al Sinai a la Tierra Prometida, y la historia de un Dios que participa como un actor activo en el drama humano. El Zohar es de forma similar una obra narrativa: Gershom Scholem la llamaba una “novela mística,” y Arthur Green, colocándolo dentro de la tradición de los trovadores medievales, lo llama “una obra de fantasía sagrada.” Tanto es así que la naturaleza narrativa del Zohar impulsa a Daniel Matt a advertir al lector de su nueva traducción, aún en curso “Están por entrar a un reino encantado. Pero, aunque el Zohar a veces parece una novela mística, recuerden que esto es fundamentalmente un comentario bíblico”.

Por unos 2.200 años, desde la primera versión de la Torá en griego – una traducción hecha en Alejandría, conocida como la Septuaginta – el Libro de Génesis comenzaba familiarmente con las palabras “En el principio, Dios creó el Cielo y la tierra.” Sin embargo en 1962, una comisión de académicos notables, reunidos por la Jewish Publication Society decidió romper con esa tradición y cambiar la traducción de Génesis 1:1 a, “Cuando Dios comenzó a crear.” Su revisión se convirtió en la versión académica estándar y sirve de base a los comentarios de Gunther Plaut y de Etz Jaim usados hoy en día en la mayoría de las sinagogas reformistas y masortí/conservadoras.

¿Cuan significativo fue este cambio? Miremos la siguiente analogía: “Cuando Juan comenzó a cortar la gramilla del jardín del frente, había un desorden increíble.” El frente y la gramilla precedieron a la acción de cortar de Juan. Lo que es nuevo es la actividad de Juan. La traducción de JPS, “Cuando Dios comenzó a crear el cielo y la tierra – y la tierra estaba informe y vacía,” nos dice que el caos preexistió al acto creativo de Dios.

El Dios de “En el comienzo” reflejaba al omnipotente Dios que prevaleció desde el nacimiento de la filosofía griega y a través de la modernidad. La creación ex nihilo ocurre y termina en un momento. La creación hecha con materia preexistente, sin embargo, presume un Dios que aprende y evoluciona en la experiencia cotidiana de dominar el caos. Esa evolución es lograda en sociedad directa con la humanidad. Parece que más allá de su rigor filológico, fundamentado en Rashi y otros comentarios clásicos, la comisión de traducción de 1962 de JPS anticipó al Dios “correcto” para nuestro propio tiempo. El Dios de la posmodernidad está vivo y bien desde el primer versículo de la Torá. En estos tiempos ansiosos y fluidos, el Dios místico parece ascendente, pero aquellos que añoran al Dios de Maimónides no deberían desesperar. El péndulo de la historia ha oscilado más de una vez entre el misticismo y la racionalidad. El Dios de Maimónides está sentado pacientemente, esperando una era futura de estabilidad y contemplación. La actual inclinación por el movimiento y los viajes puede resultar ser desorientadora y agobiante para el alma. A medida que nos establecemos en el nuevo milenio, los buscadores religiosos pueden crear un marco conceptual nuevo, otra danza teológica entre el cielo y la tierra.

Traducido por Ría Okret

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