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Mujer y Judaísmo

La hoguera inextinguible

Por Rosa Eskenazi

El osito de peluche amarillo se soltó de su mano. Lo buscó en la oscuridad de la noche, sin hallarlo.

Salió de su sueño profundo, con un sabor amargo de lágrimas. Volvió a sentir el cuerpo del muñeco y las manos de mamá que la acariciaban. Se tranquilizó.

Su madre le puso el pantalón de lana, el tapado de paño con el que la llevaban a pasear, y el pasamontañas. Papá le dio su osito, la envolvió en la frazada y la alzó en sus brazos.

Maricruz no los podía ver bien. Su padre comenzó a caminar sigilosamente, mamá iba atrás, tocándole las manos y la cabeza. Le pareció que bajaban una escalera. Mamá encendió una linterna que mostró la pared del sótano donde algunas veces habían estado. Papá retiró el aparador que estaba en una de las paredes, después empezó a sacar algunos ladrillos. Cuando terminó lo vio arrastrarse por un tubo. Ella y mamá lo siguieron. Se fue acostumbrando a la penumbra hasta que se dio cuenta de que estaba en un cuarto de paredes descascaradas y techo bajo, cerca del cual había un ojo de buey.

En una mesa baja pusieron su termo de leche, su bolsa de la merienda, algunos paquetes con galletitas y muchos caramelos de colores. Papá le dijo que se tenía que quedar allí, sola, por unas horas. Le señaló una puerta herrumbrada que estaba a un costado y le dijo:

- La abuela vendrá por allí en la mañana, cuando por esa ventanita entre la luz del sol. No debes tener miedo, este lugar es muy seguro.

- Podrás dormir sobre ese colchón o jugar con tu oso - dijo mamá con voz triste. Papá le acarició la cabeza tranquilizándola:

- Más tarde vas a sentir el ruido de la batidora y del horno de la panadería, que está arriba. Cuando enciendan el fuego, aquí estará bien caliente.

Mamá la apretó contra su cuerpo y la cubrió de besos. Papá las separó amorosamente.

Maricruz no entendía qué pasaba. Era la primera vez que la iban a dejar sola. Tenía muchas ganas de llorar, los quería con ella, allí.

Finalmente se separaron y los vio desaparecer por el agujero.

Se ovilló sobre el colchón, apretada a su oso.

Lloró mucho hasta que el cansancio la fue venciendo y se dejó llevar por los caminos del sueño.

Cuando despertó sus opb3ur recorrieron el lugar. Un sabor amargo le llenaba la boca. Recordó lo que le habían dicho, no tenía porqué tener miedo, más tarde la abuela vendría por ella.

Escuchó pasos y voces sobre el techo, después el ruido de una máquina que batía. Todavía era de noche, se levantó perezosa, tomó un poco de leche y se llenó los bolsillos de caramelos.

Descubrió una escalera de tres escalones y la empujó hasta debajo del círculo de la ventana, sus opb3ur alcanzaron el cristal. Vio la calle desierta y los faroles encendidos. Se sentó en el último escalón con su osito en brazos.

El olor del pan la alertó. Papá había dicho la verdad: el cuarto ya no estaba frío, era sabroso sentir el olor dulzón del pan y comer un caramelo tras otro, sin que nadie se lo prohibiera por que sus dientes y su panza se podían enfermar.

Empezaba a apuntar un espeso color gris cuando bruscamente se interrumpió el silencio de la madrugada.

Chirriaron los frenos de unos autos frente a la casa y varios hombres bajaron corriendo. Llevaban en sus manos, esos juguetes con que los varones hacían de ladrones y policías. Perdió de vista a varios, pero escuchó sus gritos que se alzaban como los de una jauría y se mezclaban con un golpeteo ensordecedor hasta que algo, como una puerta o una ventana, sonó ásperamente.

Maricruz se tapó los oídos, tenía frío y mucho miedo.

Permaneció paralizada en el escalón de la escalera hasta que volvió a ver a los hombres jadeantes, que volvían a los autos y arrancaban veloces.

- Mamá, papá - dijo una y otra vez. Pero ellos no vinieron. Resignada, sus opb3ur vagaron por la calle, otra vez desierta, sólo oyó un chasquido de cerraduras, un ruido de puertas que se cerraban, como un silencio.

El sombrero con forma de pelota, giraba como un trompo en la vereda. Fue entregándose a su fascinación.

Los colores cambiaban como un arco iris. Los bordes se transformaban en aletas, por donde pasaban plumas y penachos que se alargaban y se acortaban en múltiples formas.

El casco giraba y giraba, y no permitía ver el rostro del hombre. Sólo veía los brazos desnudos y sus enormes manos aprisionando a su madre que tropezaba con los bordes de sus enaguas almidonadas.

Otros arrastraban a su padre, su traje estaba desgarrado y ensangrentado. Las quejas y las súplicas se desmayaron mientras las lenguas de fuego invadieron sus cuerpos amarrados a la cruz, convirtiéndolos en una retorcida antorcha.

A ella la habían dejado sola en el escondido sótano. Sobre la mesa, el mantel blanco de los viernes. La copa de plata volcada había derramado el vino sagrado. Las velas se desvanecían en los candelabros y las rebanadas de pan habían esparcido sus migas con un olor tibio y dulzón, que la alertó.

Las hogueras de la Inquisición ardían en las tierras castellanas, más allá de los Montes de Toledo. Las carabelas las cargaron en Cádiz, para hacerlas bajar por el océano, desde las aguas tropicales hasta este río ancho y de piel de topo. Y ella, huérfana, seguía errante en el devenir de los tiempos y las aguas, con su osito de peluche en los brazos y su vieja abuela, buscando encontrar el hogar ciego de sus padres que vendrían cuando el ojo de buey, dejara entrar, por fin, la luz del sol.

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